I
En la manigua que murmura, la artesanía perdura y se asegura.
Las manos tejen historias puras que el viento susurra.
Cada color es un eco que al espíritu procura.
Y entre hojas maduras, el Dorado deslumbra y conjura.
Así la selva canta, calla y cura.
II
La Amazonia respira lento mientras el colibrí inventa su aliento.
El artesano escucha el río, su lamento y su contento.
Entre fibras, la noche le revela el fundamento.
Un rey antiguo vigila desde el firmamento.
El Dorado no es oro: es un llamado del pensamiento.
III
Todos los caminos de la selva tiemblan bajo el mismo encanto.
La humedad guarda memorias de viajeros y su espanto.
El artesano halla tesoros donde otros ven solo llanto.
Sus manos iluminan lo que el conquistador no vio en su manto.
Un brillo suave emerge, hecho de espíritu y encanto.
IV
Las artesanías hablan sin voz, pero nos llaman a los dos.
Cada tejido es un conjuro que la tierra dejó en pos.
Las mujeres hilan el tiempo como un hilo veloz.
La selva abre su misterio a quien honra su sosiego atroz.
Así su obra protege al Dorado, luminoso y feroz.
V
Entre lianas, la magia avanza como felino que danza.
El artesano recoge semillas que laten con esperanza.
Las convierte en collares que guardan la lluvia y su templanza.
A veces un destello lo roza, como si el oro le hablara en mudanza.
Quizá sea el Dorado agradeciendo su confianza.
VI
Cuando cae la tarde, la Amazonia cierra su manto verde y grande.
Los espíritus reposan en troncos donde el misterio se expande.
El artesano mira su obra, donde un brillo antiguo arde.
No encontró oro, sino la verdad que la tierra resguarda.
El Dorado vive en la selva… y en aquello que el alma guarda.
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